sábado, 4 de junio de 2016

RELATO CLASIFICADO EN CONCURSO







Con este relato participé en un concurso de Ediciones Alfeizar y ha sido clasificado para el blog. El concurso ha terminado y ya  tiene ganador. Fue  como un Regalo de cumpleaños salió justo el día que cumplí años.

https://edicionesalfeizarblogderelatos.wordpress.com/2015/09/09/bajo-la-lluvia/

 Un relato merecido de premio les recomiendo que lo lean, si entran es alguna de las direcciones de Ediciones Alfeizer podréis leer   todos los relatos seleccionado. Este a continuación es mi relato seleccionado algunos ya lo han leído en dos entregas y para el que no  lo haya leido pues ,espero que os  guste

Solsticio templario



                                                     Scan - copia
                                                            Ilustrado  por Antonio  Torres Rodriguez


Jacinto, catedrático de Hª Medieval en una universidad extremeña, ha agotado casi todos sus argumentos para que Azucena abandone la pretensión de doctorarse con una tesis acerca de los Templarios. Le previene de la habilidad de un proyecto que o bien puede discurrir por cauces oficiales, suficientemente trillados por la historiografía, o bien profundizar en archivos esotéricos en cuyo caso se expone a la chanza de los miembros del tribunal.
Azucena, a pesar de las evidencias provenientes de otros campos del saber, la Ciencia mira hacia otro lado cuando ciertos postulados amenazan con socavar los contenidos religiosos o morales, firmemente asentados en la tradición cultural.
Jacinto se quita las gafas, impregna de vaho los cristales y dirige una mirada miope a su alumna mientras frota los cristales con un pañuelo.
La muchacha, recién licenciada, muestra la bien alineada blancura de sus dientes en una sonrisa pilla que rivaliza con la expresión de sus grandes y oscuros ojos.
-¿Acaso te crees que los investigadores omitimos la cuestión relativa de dónde procedieron las inmensas riquezas que, en un relativamente corto período de tiempo, trasformaron en auténticos magnates de la sociedad medieval a aquellos sencillos monjes-guerreros de Tierra Santa?
El despacho del profesor se ha impregnado del olor balsámico que la brisa del atardecer transporta desde los cercanos eucaliptos, mitigando el calor de la víspera de San Juan.
-¡Claro! no hay otra convincente explicación que la que nos proporcionan los textos esotéricos, esto es, los Templarios descubrieron en Jerusalén algo que inquietó, algo que atemorizó sobremanera a la iglesia…
-Azucena, sin abandonar la sonrisa, extiende su brazo hacia Jacinto invitándole a que concluya la revelación que acaba de dejar en suspenso.
-Habían hallado la tumba de Cristo, es decir, no había resucitado, -el profesor hizo una pausa- recuerda el texto de San Pablo : Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.
La Iglesia les colmó de honores y riquezas a cambio de su silencio.
-Sí, querido profesor, elaboraré y defenderé con tu ayuda mi tesis doctoral sobre los Templarios. La decisión es firme.
El catedrático se dirige a la ventana e inspira el aroma del verdor que preside el campus universitario. Conoce lo suficiente a Azucena como para temer su impulsividad y, a su vez, confiar en su inteligencia
-De acuerdo, te dirigiré la tesis. Más aún, si todavía imaginas la posibilidad de que la lanza, enterrada junto al templario desconocido, sobrevuela esa iglesia de Olivenza a partir de las doce de la noche del veinticuatro de junio, en coincidencia con el solsticio de verano, como asegura el alquimista medieval von Eschenbach en este fragmento del Parzival -gita un pergamino amarillento ante el rostro de Azucena-, te acompañaré a esa iglesia.
No quiero perderme semejante prodigio aunque me cueste la cátedra -apostilla con amarga ironía.
La chica, que no ha apagado su sonrisa ni un solo instante, le arrebata de las manos el documento con un mohín afectuoso en su semblante y, a continuación, le señala unos fragmentos que traduce del texto latino: El alma de fe henchida, a los ojos prestará profundidad debida. No ose el necio con su burla contemplar la buenaventura.
-¡Jacinto, cuando quieras! -agita en la mano dos llaves de diferentes tamaños.
-He logrado que me las prestaran hasta las doce y media de la noche, a condición de que se las restituya a esa hora a una persona amiga mía y emparentada con el sacristán. Cuando le he expuesto mi interés por fotografiar el interior de la iglesia, sirviéndome de la especial tonalidad que procura la noche de un solsticio de verano, para mis trabajos de la universidad, ha adoptado una expresión idéntica a la que hubiese configurado si le llego a confiar que voy ha viajar por la galaxia a bordo de un ovni. Afortunadamente -bebe un trago de agua de un botellín que ha extraído de su bolso-, no me ha preguntado nada.
El coche de gran cilindrada, conducido por Jacinto, devora kilómetros en las llanuras recalentadas por el sol cuyo ocaso enciende las nubes con matiz púrpura por encima de las hileras de encinas que, a ambos lados de la carretera, se suceden a gran velocidad. Azucena ha encendido la radio desde la que una emisora pre-programada está ofreciendo la sinfonía nº 9 de Mahler. Poco familiarizada con la música clásica está tentada de pulsar otra tecla pero desiste al recordar la melomanía de Jacinto por los autores clásicos.
El viaje está a punto de finalizar. El trayecto de unos escasos cien kilómetros los han cubierto en una hora.
-¿Estás convencida de que a medianoche va a surgir de esa tumba la lanza del templario, como asevera Wolfram Von Eschenbach?
La respuesta firme y escueta de la alumna
-¡Sí, yo sí!-configuran el único diálogo que han mantenido a lo largo del trayecto.
Han aparcado el automóvil en Olivenza. Son las veintidós horas y quince minutos. Es martes y en los restaurantes, algunos llenos de gente cenando y otros, ya no sirven cenas. La incierta deambulación les ha conducido hasta una callejuela en la que el dueño de un bar bosteza repetidamente con la soledad de un programa de televisión sobre piragüismo. Examina con desconfianza a la pareja que le pregunta si pueden cenar.
-A estas horas solamente les puedo servir ensalada mixta y tortilla francesa -responde, cansino.
Conscientes del recelo del dueño, que ha cambiado el canal deportivo por otro que desarrolla una trama policíaca, Jacinto y Azucena intercambian opiniones y comentarios, en voz suficientemente audible por el tabernero, acerca de aspectos intranscendentes de la universidad. Al poco rato, el propietario del local deja de mirarles de reojo y centra su atención en la película.
Acaban de cenar. El tomate estaba demasiado duro y la tortilla con exceso de aceite. Pagan y abandonan el bar. Aún restan cuarenta y cinco minutos para la medianoche. Pasean bajo la noche estrellada por el Paseo Grande lleno de gente mirando las muñecas de trapo que estaban a punto de ser quemadas a media noche. En la lejanía les ofrece el majestuoso espectáculo de unos fuegos artificiales pero también el innecesario estruendo de unos cohetes con los que, en algún lugar, festejan la noche sanjuanera.
A las doce menos cinco, mientras Jacinto simula fotografiar a su compañera en el atrio del templo, Azucena abre la puerta de la iglesia de Stª María del Castillo valiéndose de las dos llaves. Se han acercado a la losa de mármol de la sepultura templaría.
-Azucena, ¿confías, como profetizó Von Eschenbach, en que algo vaya a salir de esta tumba esta noche?
A pesar de la obstinación del catedrático, Azucena le obsequia, una vez más, con su sonrisa más candorosa.
-Jacinto, estoy convencida, plenamente persuadida, de que algo prodigioso ha de suceder a no tardar.
Cuando la torre comienza a desgranar las pesadas campanadas, Azucena se ha transfigurado. Con la boca muy abierta, sus ojos fulgurosos se hunden en la tumba. Echa su cuerpo hacia atrás al tiempo que cubre la cara con los dos brazos. Al instante, comienza a girar el cuerpo como si acompañara con la visión algo que se moviera en círculo alrededor de ella.
Jacinto exterioriza su sorpresa, confusión y temor con una progresiva lividez cadavérica en su rostro.
-¿Qué te ocurre?, ¿qué es lo que estás viendo…? -acierta a balbucear con trémula voz.
La chica, que prosigue con sus giros corporales hacia un lado y otro del interior del templo, articula con dificultad,
-la lanza…., la lanza…, está escrito…., grabado…, Ego, Longinus…, imperii romani… –cierra el puño ante sí como si aferrara algún objeto-, miles, hac lancea…
-¡Sigue, continúa…, no te detengas! -Jacinto toma notas con excitación en un bloc-
-Iudeorum regem necavit… !date prisa. Fotografíalo…!,-le urge Azucena.
-Fotografiar… ¿qué? ¿Dónde? ¡Yo no veo nada…! -Aún y todo, dispara la cámara fotográfica del móvil en todas las direcciones posibles.
Al punto, Azucena permanece inmóvil un breve instante y, a continuación, se derrumba en uno de los bancos de madera. Jacinto, empapado de sudor le acaricia las mejillas y el cabello.
Apenas han transcurrido un par de minutos, cuando la muchacha abre los ojos, se despereza y recorre con la mirada el interior de la iglesia.
-¡Qué extraña esta sensación de bienestar, Jacinto!. ¡Qué paz interior! Y ¿la tumba? Ahí está…, intacta. No ha ocurrido nada extraño, ¿no es así, profesor?
Jacinto, recuperándose todavía del intenso sobrecogimiento, efectúa una larga pausa para restablecer el ritmo respiratorio. A continuación le relata detalladamente todo lo ocurrido desde que comenzaron a sonar las campanadas de la medianoche. Le advierte que todo ha ocurrido en no más de cinco minutos.
-¿Recuerdas siquiera el texto inscrito, según tu vacilante expresión, en la lanza del templario?
-No sé de qué me hablas..
Yo, Longino, soldado del Imperio Romano, maté con esta lanza al Rey de los Judíos.
-Si no te viera como…impresionado, aseguraría que estás bromeando. ¿Por qué me embarga esta dicha? -se abraza a su compañero.
-Pocos datos objetivos de la experiencia que has vivido vas a poder aportar en la defensa de tu tesis. Por cierto, tampoco recordarás tu exigencia de que fotografiara…qué sé yo qué…
-Mira -Jacinto le muestra su móvil-, no hay más fotos que las de las paredes y el techo de la iglesia. ¡Anda!, vamos a entregar las llaves.
Autora: Mª Carmen Píriz García
Nacionalidad: Española
Ilustración: Antonio Torres Rodríguez
2011-9 Foto de boda de  Elena
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