viernes, 22 de abril de 2016

ARRUGAS EN LA SABANA I " El retrato" 11º cap.

    El retrato 
                
                 Pintado a pastel (70 X 50 cms.)  por Mamen Piriz 

       El reloj sonó como de costumbre a las siete de la mañana. Salvador totalmente dormido, se levantó y fue directamente a la ducha. Frente al espejo se untó la crema de afeitar en la barba. Contempló su reflejo en el espejo. La espuma le daba un aspecto de viejo, quebrantado por una vida entera de libertinaje. 
       Rasuró la barba, quitó el resto de jabón, se secó la cara y volvió a contemplarse. Ya no parecía tan viejo, su rostro estaba intensamente pálido. Recordó que no tenía que ir a la redacción esa mañana. Molesto consigo mismo por no darse cuenta de que no tenía que ir a trabajar, se metió nuevamente en la cama. A pesar de sus esfuerzos por permanecer bajo las sábanas durante una larga hora, no logró conciliar el sueño. Acabó por levantarse y prepararse el desayuno.

 No quiso ver los periódicos que estaban sobre la mesa, por si informaban algo sobre Argimiro. Cuanto menos pensara en él mejor, era mejor templar los nervios. Mientras daba sorbos al café, pensó en llamar a Carmina y citarse en el estudio para seguir posando para el retrato que ya llevaba un cierto retraso.

    —Quizá ya no necesite que vuelva a posar o sea el último retoque -pensó- Mientras apoyaba encima de la mesa la taza de café y comía una rebanada de pan.

    Salvador miró la revista El Cultural y en un recuadro en la portada aparecía titulado <Inauguración de la exposición del pintor de origen vasco en la sala de Turismo de Deba> El periodista volvió a tomar otro sorbo de café. Sonó el teléfono. Salvador cogió el  auricular. Era Carmina:

   —Me molesta llamarte tan temprano dijo apresuradamente- pero tenía muchas ganas de hablar contigo.

   —Si no tienes algo mejor que hacer esta mañana, ¿Por qué no vienes a mi estudio para poder dar el último toque al retrato?

   —¡Qué cosa más curiosa! -exclamó Salvador- parece que tenemos telepatía, precisamente hace un minuto estaba pensando en llamarte, para ir a posar.-

    —¿Cuándo podrás venir? –

   —Dentro de cinco minutos, en cuanto me vista. ¿Te recojo donde siempre? -le dijo-

   —¡No!, Ya estoy en el estudio. Te espero dentro de quince minutos

   —Desde luego- contestó con ironía- ¿No recuerdas con qué rapidez me vestía?

   —¡Recordar! -exclamó Carmina y le espetó con una risita- Los hombres se valen de estas palabras a manera de arma. ¡Hasta ahora, cielo

     Salvador entró en el cuarto de baño por segunda vez, se limpió los dientes. Antes de salir abrió la ventana y miró el tiempo.
 El cielo estaba teñido por un amanecer de fuego helado, las nubes palpitaban con colores delirantes, pero el explosivo crescendo callejero lo diluía todo. Fue al dormitorio y cogió una chaqueta de lana del armario.

   Al pasar miró a su mujer todavía dormía. Pensó en ella, ¡ahí está, firme en su amor por mí! Pero no dueña de sus íntimos secretos, ¡ahí está, durmiendo honestamente! Su mujer, que le daría la bienvenida y le diría como cada vez que regresaba a casa. ¿Qué tal te fue la entrevista?

   Las nubes se cruzaban ante la cara amarilla del sol. Se proyectaban extrañas sombras en el camino de Salvador, más alto aún que de costumbre por la sombra que alargaba su cuerpo delgado que se extendía por la acera. Se inclinó para coger la cajetilla de cigarrillos del bolsillo, se puso un cigarrillo en la boca, encendió el mechero y aspiró prendiendo el cigarro. Era el primer cigarro que fumaba después de estar en el hospital a pesar de la prohibición de su médico. Recordó que le dijo que fumaba demasiado, que debía dejarlo poco a poco, y si se sentía angustiado que fumara alguno pero, sin abusar.


                                                  Pintado a pastel ( 50 x  70 cms) por Mamen Píriz

   A paso ligero llegó al garaje a por el automóvil, antes de entrar en él, apagó el cigarrillo a medio fumar. Desde la acera de enfrente, escuchó una voz que le llamaba, giró la cabeza, era Eneko el becario del periódico:

   —¡Salvador, Salvador! – gritaba

   —¡Epá! Eneko, ¿Qué tal te va?
  
   —Muy bien, ¿Qué tal te encuentras, ya te has recuperado?

   —Me encuentro bastante bien, relajado por el descanso.
  
  —¿Sabes que en tu ausencia he hecho tu trabajo?

   —¡Siii, y muy bien! por lo que he podido leer en los artículos que escribiste. Has trabajado muy bien.

   —Me propusieron sustituirte durante el periodo de tiempo que estuvieras de baja laboral.

   —Cuanto me alegro de que aceptaras trabajar en nuestro periódico. -Le dijo-

   —Tu presencia me inspira confianza. Me hacen falta jóvenes como tú. Espléndidos, responsables y con ganas de hacer cosas nuevas. Recuerdas que te dije en una ocasión que me gustaba cómo trabajabas, que algún día me gustaría incluirte en el equipo.
  
   —Si, -respondió Eneko- lo recuerdo muy bien.

   —Pues has demostrado con creces tú valía por eso me alegro doblemente.

   —Te debo una cena, le agradeció Eneko.

—Eso está hecho, cuando quieras lo celebraremos.

 —Salvador miró el reloj, - dijo. - Muchacho, tengo que irme. ¿Vas lejos? Si quieres te llevo voy en dirección a la redacción pero no llegaré hasta allí.

   —No, gracias voy aquí cerca. Gracias y hasta otro día Salvador.

     Puso en marcha el coche y en diez minutos estaba tocando el timbre en el portal del estudio de Carmina.Esta vez las escaleras las subió reposadamente, de una en una, sin prisa. La pintora estaba detrás de la puerta entreabierta esperando. 

     Él la saludó y la rodeó por la cintura mirándola con cariño. La boca de la pintora era una fuente de excitación, pero sobre todo le aportaba una sensación de familiaridad que le proporcionaba una intensa satisfacción, casi más intensa que la pasión que despertaba en él. 
     Su cuerpo reaccionó, pidiéndole más, pero por el momento tendría que esperar. Salvador giró la cara hacia ella y permaneció un instante a centímetros de sus labios, sintiendo su respiración hasta que al fin ella lo besa. Le beso apasionadamente, hondamente, lo mismo que él a ella. Carmina gimió y él también. Salvador le abrazó con más fuerza, apretando su cuerpo al suyo, deseándola más, incapaz de saciarse. Entonces recuperó la cordura y se separó de sus labios.

      —¡Carmina! – susurró

   —¿Sí? -preguntó ella-

      —Salvador tragó saliva, y dijo- no es a esto por lo que he venido. ¿No tenemos que poner a trabajar?-

           —Tienes razón, debemos de hacer el trabajo. ¡Siéntate aquí y mira  fijamente a esta columna!
  
    Salvador se sentó en una silla. Levantando la mirada la clavó en el vacío. Allí en aquel mismo punto, donde buscaba el perfil adecuado, tímidamente miraba para la oscuridad. Carmina encendió un foco en la dirección oblicua al rostro de modo que una parte del rostro de Salvador le daba la sombra y se puso a pintar. Carmina sostenía el pincel sin el menor esfuerzo y hábilmente sobre el lienzo. Iba trazando unas claras pinceladas con femenina finura, no sin ciertas exageraciones y con disciplinada armonía. Los movimientos de su mano sujetando el pincel  que movía en distintas direcciones.

  —Cual bella estaba aquella mano sobre el lienzo -pensaba el periodista-

  —Cual bella es su mirada cuando se cruza con la mía, mirada dulce, penetrante y arrebatadora. -Estos pensamientos atravesaron rápidamente y confusamente el espíritu de Salvador al admirarle bajo sus ojos-

      El periodista no aguantó estarse quieto más de dos minutos los suficientes para que la pintora  unos rasgos trazara el rostro de él.

   —¡Sabes! -Le dijo Salvador- En la entrada del garaje me encontré a Eneko y dijo que ya trabajaba contratado en el periódico.

   —Si, ya he leído sus artículos en el periódico y en la revista, demuestra tener talento

   —Ha hecho un buen trabajo, y parece un buen muchacho.

     Estaban esparcidos por el sillón, varios periódicos, el diario Vasco, El mundo y algunos franceses. La noticia de la muerte de Argimiro figuraba en todas las portadas. (El director del diario asesinado en una emboscada) (Victima de una emboscada murió Argimiro Bourgeois a los 51 años) (Argimiro será enterrado en Bayona) Carmina no quería que él los viera, los recogió y se dirigió a guardarlos en el armario. Y disimuló buscando algo.

 —¿Qué buscas? -Le preguntó él-

      Ella no contestó, sino que siguió hurgando, buscaba la máquina fotográfica. Vio el sobre que Salvador dejó caer en el pasillo. Lo cogió y se lo entregó.

 —Este sobre lo traías el día que te dio el yu-yu-

 —Si, ¿no lo has abierto?

      —¡No!, lo guardé y no me he vuelto a acordar eso hasta que lo he visto ahora mismo.

Quiero que lo abras, examina tú mismo y después lo destruyes.

¿Por qué?

Aparecemos los dos en él, el día que estuvimos juntos en Donosti.

No tiene nada de extraño, en la inauguración nos hicieron un reportaje.

No, no se refiere a la sala de exposiciones. Míralo y a ver qué te parece...

¡Ha! Hablando de inauguración, esta tarde es la de tu colega Basilio Larrañaga en Deba ¿Vas a  ir?

Si, voy a ir. Estoy invitada.

Posiblemente acuda yo también.

Bueno, esto ya está bien encajado, por hoy lo dejamos, te voy a sacar una fotografía y así ya no tendrás que volver a posar.


Carmina introdujo los pinceles en el bote del aguarrás. Cogió la cámara fotográfica que la dejó sobre la mesita y le sacó unas fotos.

   —Cuando esté el retrato te lo enviaré a tu casa.

     —¿Ya no quieres que lo recoja yo? ¿O acaso no quieres que vuelva aquí?

    —No, no tengo ningún inconveniente en que vengas, al contrario me gusta que vengas.

     —Salvador se acercó a Carmina y la cogió por la cintura. Carmi, mi amor, jet' aime
         
         —Salvador, mi cielo, debemos de irnos, vamos a tomar algo a la cafetería, hoy es peligroso estar aquí, es festivo y puede venir Joan en cualquier momento.


 —¡Ah, sí! Es verdad, recordó y aflojó ligeramente el abrazo. -Su cuerpo ardía por ella, y estaba a punto de hacer caso omiso a su buen juicio-

 —¡Claro! Murmuró casi con voz quebrada, siempre habrá otro momento.

  —Otro momento- susurró él sin saber lo que decía- Sí, sí, otro momento-

         —No obstante, buscó su boca volvió a besarla   ardientemente.


   —¡Debemos irnos!, - dijo ella al cabo de   —Tienes razón, contestó él, mirándola fijamente-

   Pero ninguno se movió, se quedaron mirándose a los ojos. Al final con un suspiro angustiado y hondo, Salvador se separó de la pintora. Durante un instante, reinó el silencio más completo. Solo a través de la ventana abierta del estudio, llegaba de lejos el chirrido de los carriles del tranvía y el ruido de un coche que pasaba por la calle.
   Un instante después, Salvador salió al pasillo y cogió su chaqueta:

  —¿Nos vamos? -le dijo-
  —¡Sí, vámonos!


Pintado a  carboncillo(70 x 50 cms.) por Mamen Piriz


Continuará...




derechos registrados

Mª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905


Publicar un comentario