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domingo, 2 de octubre de 2022

ARRUGAS EN LA SÁBANA " Al fin " II entrega del 18º Cp.

Dejé dos capítulos de final.  Este es el capítulo que mis lectores han elegido para broche final. 
 

Salvador no se ha curado de la gripe y empeora por momentos, a pesar de estar de nuevo en la cama. Llama a su amada.

— Hola Carmina, he tenido una semana imposible con toda esa tragedia y no he tenido tiempo ni de llamarte.

— Salvador, si ha sido terrible todos estamos pendiente de las noticias, he leído la prensa y habéis seguido los acontecimientos en vuestro periódico día día, toda la actualidad. -Pero a otra cosa ¿Qué tal va tu salud, cariño?

—¡Mal! la fiebre no remite, me he cuidado poco esta semana y la gripe no se cura, mi cuerpo no responde a los analgésicos, me temo que sin cuidarme y sin estar en la cama, no podré curarme. He llamado al médico y estoy en espera que venga a pasar la visita.
¿por qué no vienes a mi casa? estoy solo, Charo está visitando a su madre y yo necesito de tu compañía.

— Enseguida voy, casualmente yo salía para mi estudio.

Cuando llegó Carmina a casa de Salvador, el médico ya le había visitado, el pronóstico de su gripe no era buena, había empeorado, la gripe ya es una neumonía y si no remite la fiebre con el antibiótico que le había puesto, tendría que ingresar en el hospital.

Salvador apenas pudo abrir la puerta, no se tenía en pie. Carmina le encontró muy desmejorado y le ayudó a meterse en la cama. Se sentó a la cabecera y le besó la frente.

— Carmina te quiero, no sabes como te agradezco esta visita cielo, cuanto te he echado de menos, te necesito, te deseo, quiero estar contigo.

— Si Salva, pero ahora tienes que cuidarte y hacer caso de lo que te ha dicho el médico.

— Aprovechemos el momento que estás aquí ¡ven abrázame!

Carmina no se pudo negar, le acarició la frente y le besó en la mejilla. Salvador reaccionó y le atrajo hacia él, le devolvió el beso en la boca y la sostuvo entre abrazos.

Carmina no quería forzar la situación pero, es que no veía bien a Salvador. Tampoco quería separarse de él y dejarle en ese estado.

—¡Carmi, J`aime! como eres no me rehúyas. Ven amor, te necesito, hagamos el amor. El médico me pinchó una inyección de antibiótico, estoy mejor y sabiendo que venias, me he tomado dos pastillas de Viagra.

—¡Pero, Salva! ¿Cómo que has tomado dos pastillas? ¡eres terrible! ¿lo consultaste con el médico? no debiste tomar a la vez las dos medicinas, no sabes que reacción te pueden hacer.

—¡Ya está hecho, aprovechemos el momento! quería probar los efectos de la Viagra estando contigo.

—¡Cielo estás loco!

—¡Bella locura! te adoro....

Carmina se dejó llevar por ese impulso que todo lo puede en el amor. No hizo falta que él le quitara la ropa. Carmina se desnudó despacio como le gustaba a él, se quedó en ropa interior. Se metió en la cama, el periodista no tuvo que hacer nada más, Carmina tomó la iniciativa esta vez. Jugó con su cuerpo y Salvador se dejó llevar. Besó a muy despacio el torso de su amado. Jugó con sus manos, con susurros en la oreja mientras le decía palabras cariñosas.

La pasión se volvió fuego en el momento que los dos cuerpos desprendían calor y olor, esto les atraía y con el deseo de encontrarse sus cuerpos se unieron. Muy despacio ella usó sus manos con delicadeza, tocó el falo a Salvador. Tenía miedo a que el periodista no reaccionara en su estado. Fue todo lo contrario, las pastillas de Viagra, estaba haciendo su efecto. Por primera vez desde que ha estado con Salvador, pudo sentir su falo erecto dentro de ella. El vaivén de sus caderas en unísono. El baile de sus cuerpos unidos, el roce, las caricias, musitando palabras de cariño al oído, sus jadeos eran música celestial. Carmina supo que era sentir a Salvador, hombre, sin dejar de ser sensual y sensible. Se retorcía de gusto sus manos buscaron de nuevo la sábana, no la arrugó de rabia sino esta vez de placer.

El momento sublime, que alargaron el mayor tiempo posible. Por primera vez Salvador eyaculó dentro de ella, se abrazaron, se besaron una y otra vez. Por primera vez Carmina supo que su amor por Salvador no era una locura, y por primera vez pudo sentir que su amor por él iba más allá de su mente porque mandaba el corazón.

Carmina estaba contenta, Salvador mantenía la erección más allá del tiempo, ella estaba agotada y Salvador extasiado de tanto placer.

A la vez su respiración fue del goce al jadeo, y... del jadeo a un paro respiratorio. Un dolor en el pecho dejó a Salvador sin respiración, Carmina asustada llamó a urgencias y se lo llevaron sin conocimiento
en ambulancia al hospital donde Salvador llegó sin vida.

lunes, 15 de agosto de 2022

ARRUGAS EN LA SABANA "Nos puede ver alguien" III entrega del 16º Cp.


    Nos puede ver alguien




Carmina se levantó y hecho a andar. Los pasos de él se dejaron oír detrás de ella. Muy poco antes de que la alcanzara, sintió un curioso temor interior. Un temor a alguien, que ni siquiera es su esposo, se cernió sobre ella, Salvador la agarró del brazo y la detuvo:

— Carmina ¡No te vuelvas tú también contra mí! Le imploró con un tono gutural-¡Qué imbécil e insensible soy!. Me pregunto si podría hablar de la cuestión con Charo.

— ¡Salva, cuidado! nos puede ver alguien.

El periodista le soltó del brazo. Carmina siguió adelante, él la siguió con la mirada. Ella le conocía tan bien, que podía adivinar lo que estaba pensando sin necesidad de volverse para mirarlo. El se quedó mirándola. Su gesto allí de pie, y la expresión con la que la veía alejarse, hasta que sus ojos no podían ya verla. Solo la sentía en el corazón.

Carmina se avergüenza y pensó en abandonar a alguien con quien estaba tan identificada y enamorada. Poner entre ambos la distancia de un camino o una vida, bien sea por el momento o para siempre. No se habían unido para terminar así.

—¿Porqué me voy con él?- pensó ella. No se todavía si es amor lo que siento.

Pero no se hubiese podido volver atrás aún cuando lo hubiese querido; algo más poderoso la impulsaba. Tal vez por extraño y paradójico que parezca, era el amor que por él sentía, en su más puro sentido, lo que le inducía a alejarse de él.

Carmina caminaba aún más deprisa, el recodo de la calle quedó atrás. Sus ojos, cuajados de lágrimas, no podrían ver a Salvador aunque lo tuviera delante. No obstante siguió la marcha sin volver la cabeza. Caminando aun más deprisa.

Salvador fue a buscar su coche que lo tenía aparcado. Conducía su automóvil despacio hasta que la volvió a ver y se paró a su lado:

— Sube, Carmina, no es necesario que vuelvas a pie. Yo te llevaré.

Se miraron y un relámpago de calor restalló entre ellos. Imágenes de lo que había ocurrido durante su relación se materializaron ante los ojos de Carmina. Y por el gesto que hizo Salvador supo que él estaba pensando lo mismo. Su mirada volvió a él, y Salvador le devolvió la mirada impertérrita aunque con los ojos encendidos y Carmina con las mejillas algo coloradas.
¿Cuánto orgullo no había tenido que sacrificar para volver a pedirle a ella, después de lo que había pasado entre ellos una nueva oportunidad? Admitir, precisamente ante ella, su carencia infame.

— Carmina asintió- ¡De acuerdo te ayudaré! quedaremos para otro momento-

Tragó saliva. Tenía las emociones destrozadas y para ella sería mejor en otro momento, cuando hubiera más tiempo de prepararse. En aquél momento apenas podía discernir el blanco del negro, pero no se atrevió a negarse.

Él había hecho un enorme esfuerzo para pedírselo y ella estaba en deuda con él.

Ella se volvió suavemente, subió al coche y se sentó a su lado, lo beso en un impulso. Ninguno de los dos dijo nada. Era uno de esos momentos demasiado llenos de emoción para malgastarlos en palabras. Carmina cogió la mano de su amado que la tenia sobre el volante y la llevó a sus labios apretándolos contra ellos febrilmente, en silenciosa gratitud.

Salvador aparcó el automóvil en una pequeña cuesta cercana al estudio de la pintora. Ella se bajó y se dirigió a su estudio, trascurridos cinco minutos le siguió Salvador. No hizo falta que tocara el timbre, la puerta estaba entornada.

                

Continuara...







Mº Carmen Píriz García - registro: 0910304797905


lunes, 25 de julio de 2022

ARRUGAS EN LA SABANA " La Nochebuena " III entrega del 15º Cp.

                         

— ¡Feliz Nochebuena! ¡Pásalo bien!

— ¡Sí! Pasadlo bien todos y sobre todo tú, Rosa-

Salvador se ha dirigido agitando un lápiz en la mano a su compañera de redacción.

—¡Que pasado mañana tiene guardia...!

La joven periodista, que aparenta la treintena de años, cubre parcialmente la cabeza con un gorro de lana marrón desde el que permite descubrir un mechón de flequillo pelirrojo sobre la frente surcada por un mohín de contrariedad.

— Eres un encanto Salva, Dios te ha dado el don de la oportunidad-
Espeta a su interlocutor mientras recoge el bolso y unas cuartillas mecanografiadas. Le saca la lengua por toda despedida y de un suave portazo abandona la oficina.

Salvador ojea el teletipo antes de desenchufarlo en tanto se viste la prenda de abrigo. La pantalla repite las intrascendentes noticias que ha presidido toda la jornada. Baja las persianas de las cristaleras y apaga las luces.

Encogido por el frío camina por una calle iluminada por decenas de estrellas, cirios y símbolos del pentagrama que rivalizan en alegre policromía con la negrura del avanzado atardecer. 
Acaba de entrar en una cabina telefónica en cuyo aparato deposita un par de monedas. A punto de iniciar el tecleo de la serie numérica golpea el interruptor, permanece pensativo unos segundos y sale sin recoger el dinero. La llamada no se realizó.

Fiel a su hábito de paseo, sean cual sean las condiciones térmicas o atmosféricas, emprende una rápida marcha por el itinerario habitual.
Tan incuestionable como que las caminatas le ayudan a mantenerse en una aceptable forma física, es el balsámico efecto que ejerce sobre su espíritu el encuentro consigo mismo por medio de sus pensamientos, gozosos unos, elocuentes otras, no pocos contradictorios y casi todos, sea cual sea la calificación, convergentes en Carmina y el claro punto de inflexión de sus relaciones cuando unos meses atrás el coche en el que viajaban sin rumbo fijo dejó atrás la ciudad y parados en el polvoriento recodo de una carretera apenas transitada, estrecharon sus cuerpos en un abrazo sin condiciones al tiempo que sus labios sellaron con pasión el amor que hasta ese instante se resistía a descorrer el velo de la pudibundez convencional. Quizá sea ese el único sentimiento que, entendido como motor de todos los demás y fin en sí mismo, justifique casi todos los medios. 


— ¡Aita, que no te enteras...! ¡Te he pedido el platillo de jamón y me pasas la jarra de agua, antes te he preguntado tres veces si habías visto mi servilleta y me entregas las croquetas de tu plato... ¡Joder, aita, baja ya de las nubes que estamos cenando en el comedor...! Sonríe con sarcasmo su hijo menor.

— Té extrañas, que entre que habláis todos a la vez y el sonido del televisor no llego a entender nada de lo que me dices...

Intenta salir del paso el periodista sin la más mínima convicción. Así pues, antes de que la silenciosa pero a la vez encantadora mirada de su mujer alcance el nivel de sospecha reservado a la intuición femenina, se forja el firme propósito de concentrarse en la familiar cena de Nochebuena hasta que el turrón, los licores y cánticos establecen la frontera entre el condumio y la no menos tradicional partida de cartas. Salvador ha esperado este momento con ansiedad. La familia conoce bien la escasa afición a los naipes, si se exceptúa el juego de mus con los amigos en la sociedad, de modo que sus excusas no intuyen en la demasía. Llega a su casa un poco antes de cenar con su familia.

    Mesa de  Nochebuena
      
— Familia yo he aportado ya mi colaboración en estas tres jugadas, pero después de lo que he comido no me vendría mal un pequeño paseo en el frescor de la noche. Regresaré pronto. Venga chavales, a ver si despellejáis a la madre y a la abuela. Sólo éstas responden a su despedida sin levantar la vista de las cartas que ordenan cuidadosamente. 
La noche es gélida. El cielo muestra un encapotamiento grisáceo como el acero, premonitorio de una copiosa nevada. Las calles desiertas mantienen el acogedor colorido de la iluminación navideña. Salvador abre la puerta de su coche aparcado en la cuesta de una callejuela que dista una manzana de su domicilio.


El automóvil se dirige a las afueras de la ciudad. Aborda la carretera general y a los pocos minutos se detiene en una localidad separada de la suya, por sólo un par de kilómetros. Ha aparcado en lugar prohibido por propiedad privada y es que tampoco aquí resulta tarea sencilla buscar un lugar adecuado para dejar el coche, pero, sobre todo, ha aparcado ahí porque desde ese lugar puede contemplar las ventanas de la vivienda de su amada.
El salto de un gato sobre los contenedores de basura o el sordo eco de alguna canción entonada en familia tras las ventanas cerradas de las casas, enturbian a intervalos el recolecto silencio de la medianoche.

Salvador apaga las luces del vehículo, baja la ventanilla hasta dejar abierta una pequeña ranura y enciende un cigarrillo sin apartar la mirada ni un sólo instante de uno de los ventanales con la persiana bajada del piso alto de muro gris de las viviendas.

Conecta la radio en el instante en que una emisora difunde las notas del popular villancico Noche de Paz, Noche de Amor. Aplasta contra el cenicero el cigarrillo que enrarece el aire y abre la ventanilla hasta abajo.

— No es posible una noche de amor sin Carmina a mi lado-

Musita al tiempo que gira el dial de la radio hasta detenerlo en un espacio cultural donde una grave voz masculina alecciona acerca del interés antropológico de las canciones navideñas del África subsahariana. Sin excederse en la somnolienta explicación, comienza a sonar una exótica melodía en la voz solista:

¡Tanaforeeee ono mooñe, ikoooo onoloniiii!

al que sigue un coro acompañado del son de tambores

¡Tanaforeeee ooooono moñe, iiiiko oooooonoloñi!

Sin apartar la vista de los altos ventanales, cavila el periodista sobre la belleza de los villancicos siempre que no se entiendan los textos.
Absorto en sus propósitos no ha reparado en la presencia de un coche policial que se ha detenido a una prudente distancia de donde se halla, hasta que el agente se dirige hacia él.

— ¡Buenas noche! -el policía se ha acercado hasta la ventanilla. Sopla el aliento en sus manos mientras las frota cerca de la cara -¿tiene algún problema?

— No, problemas no, ninguno. Salvador finge admitir con naturalidad la insólita situación.

— Está Vd. dificultando el acceso a una propiedad privada. Supongo que se ha dado cuenta de la existencia de una señal de prohibición -el agente repasa con la mirada el interior del vehículo.- ¿espera a alguien?

— Todos esperamos siempre a alguien, ¿no le parece? Aunque rara vez se presente la persona añorada en el instante que más le necesitamos -Comenzaron a caer gruesos copos de nieve. El policía arruga las cejas ente la imprevisible salmodia filosófica de su interlocutor.

— Bueno, si su presencia aquí no se debe a algún caso urgente, haga el favor de abandonar el estacionamiento- con el lacónico imperativo se dirige al coche policial y abandona el lugar sin comprobar la efectividad de sus órdenes.

— ¡Quiero verte, necesito hacerlo, besarte amor! ¿No habrá un saco de basura que bajar o algo que el azar disponga a mi favor? -Salvador se ha sorprendido así mismo hablando en voz alta.

Golpea con el puño el volante, cierra la ventanilla que, al instante, se cubre de la nieve que arrecia, apaga la radio, gira la llave de encendido del motor y enfila la carretera de vuelta a la ciudad. Conduce con prudencia. En el trayecto no se ha cruzado con ningún coche. Gira una vuelta alrededor de su casa. Sin poder encontrar un hueco lo suficientemente espacioso para dejar el automóvil y con esta intención se dirige al centro de la ciudad. Su conducción es muy lenta. A lo lejos, por la acera de la derecha se acerca una persona con pasos vacilantes. Se trata de una anciana que, hace un extraño gesto de distorsión hacia un lado y cae de bruces. Salvador abandona el vehículo en doble fila y se lanza a la carrera hacia el bulto inmóvil en la nieve.
                                 

  Caída en la nieve 
                     
               
— ¿Qué le ha ocurrido?

— ¡Ay! no sé, hijo, me duele mucho la espalda y la cadera, sollozó la mujer.-

— ¡Pero señora! ¿Cómo se le ocurre pasear a estas horas y con el frío que hace? -Le pasa la mano por el cuello y la incorpora ligeramente. La anciana le responde con una mirada de ternura y dolor, mientras musita con voz apenas audible.

— He acudido a la Misa del Gallo para requerir de Dios sus favores y pedirle buena suerte para el futuro.

— Ya, ya veo ya, abuela - Salvador se despeja de su prenda de abrigo y la coloca bajo la nuca de la maltrecha septuagenaria al tiempo que procura tranquilizarla sin poder encontrar las palabras apropiadas. Memoriza el número capicúa de la Cruz Roja mientras se planta con un par de zancadas en la cabina de teléfonos que dista pocos metros en línea diagonal. La impasible cortina de nieve alfombra la calle solitaria.

— ¡Diga!

Salvador se envara ante la jugarreta que le ha deparado el subconsciente. Ha marcado el número de Carmina y es su voz la que ha contestado -¿Carmina? Bueno, no era mi intención llamarte ahora... esto..., si, la verdad es que deseaba hablar contigo... pero mi propósito era marcar otro número... -explica aturdido.

— No puedo hablarte ahora, cielo- musitó la pintora cuya quebrada expresión llega mezclada en el fondo del sonido de un televisor.-
— No puedo estar sin ti, amor... ¡Pi, pi, pi, pi, pi, pi...! -Carmina ha colgado el teléfono.

Una patrulla de la policía municipal atiende a la anciana. Salvador habla durante unos minutos con el agente que le ha hecho entrega de su abrigo. Dirige sus apenados ojos hacia la mujer que yace inmóvil en brazos del segundo policía y lentamente se aproxima a su vehículo.

Algunos curiosos se han asomado a las ventanas. Continúa nevando suavemente.

 Continúa  nevando suavemente 

            
Continuará...





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ª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905Entrega anterior

lunes, 11 de julio de 2022

ARRUGAS EN LA SABANA " Regreso a casa" I entrega del 15º Cp.


   Regreso a casa

 Atardecer  en San Vicente de la Barquera.
 
    
Carmina miró al campo con una sensación de melancolía. Tenía un color verde pardusco que contrastaba con el azul del mar y el cielo grisáceo. El sol se escondía tras las montañas dando paso al crepúsculo ante la llegada del invierno. Cerró la ventana y cogió la maleta y la bolsa que estaba sobre la cama. Era la hora del regreso de esta corta estancia. Se sentía serena. Se despidió de la familia que tan bien le habían acogido y partió de regreso hacia a su casa.

Después del viaje Carmina llegó a casa cansada y con agujetas de la caminata del día anterior. No había nadie en casa. Joan todavía no había regresado de su viaje de trabajo y los hijos se encontraban en la facultad. Fue hacia el teléfono, escucho los mensajes que le habían enviado entre ellos uno de Salvador, después los borro.  Ceno algo ligero y se fue a la cama. Se acurrucó entre las sábanas vencida por el cansancio y la soledad. Una reflexión surgió de la maraña de imagines que le hacía comparar a Salvador y Joan. Las comparaciones eran tan evidentes que se  solapában entre alucinaciones y la quimera de la noche. La intranquilidad ni le dejaba dormir, se hundió en un estado angustioso. Se levantó a tomar un tranquilizante con un vaso de leche templada.

Se concentró en pensamientos positivos hasta que le hizo efecto el tranquilizante. Y se quedó dormida hasta la madrugada. Despertó y miró el reloj, ya eran las seis de la mañana al poco tiempo adormilada reanudó el sueño, pero tuvo una pesadilla que le hizo revivir las angustiosas andanzas de su relación con Salvador y la duda ante su amor por su marido.

Con un cambio de postura le desapareció la imagen y se fundió en un leve sueño duermevelas que la mantuvo así hasta media mañana. Despertó con la luz del día. La cabeza le pesaba, los párpados se le caían y no le dejaban abrir los ojos. Se incorporó, las piernas no le respondian y parecía una sonámbula todavía con el efecto del sedante. Tambaleándose fue a la cocina y en el microondas calentó un vaso de leche. Era mediodía cuando después de tomar una ducha se espabiló. Se puso a deshacer las maletas, puso la lavadora colgó la ropa y recogió la habitación. Por la tarde se fue a su estudio a dejar los bocetos y las pinturas.

 Acuarela de San Vicente de la Barquera.
                                                                               
   
Los días iban pasando lentamente. Se acercaba la Navidad, una tarde Carmina salió con sus hijos a hacer las compras para las fiestas. Y el resto de los días se encerró en su estudio dibujando los bocetos en los lienzos de la próxima exposición.

Dos días antes de la Nochebuena por la tarde sonó el timbre del portal en el estudio y Carmina contestó:

—Si... ¿Quién es?

—Soy la Sra. Rabie, ¿puedo subir?

—Si, como no, pero tendrás que subir muchas escaleras no hay ascensor -le indicó.

—No me importa, así hago ejercicio -le contestó.

Cuando llegó Carmina le abrió la puerta, Charo subía cansada y extenuada las escaleras dando bufidos del esfuerzo, con el abrigo en la mano, vestida con un fino traje que le resaltaba el color moreno que había tomado en las vacaciones.

—¡Brrr! ¡Qué frío hace! -exclamó dando pisotones sobre la alfombrilla del umbral de la puesta.

—¡Pasa, pasa! Qué guapa estás y que morena bienes, se nota que te han sentado bien los aires canarios ¿A qué se debe tu visita?

—Aparte de saludarte, vengo a encargarte un retrato mío ¿Me lo harías?

—Claro que sí, es mi trabajo además tienes unas facciones muy artísticas ¿Cómo lo quieres?

—Del mismo estilo del que hiciste a Salvador, lo quiero poner en el mismo lugar junto al de mi marido. Por favor, Carmina... ¿puedo pasar al baño?

—¡Cómo no! pasa, ahí en esa puerta- le indicó con la mano.

Mientras tanto sonó otra vez el timbre: Carmina contestó al interfono del portal, era Salvador

—¡Carmi !¿me abres?, el portal está cerrado.

—¡No!-ella conoció la voz- ¡no puedo recibirte, no, no!

—¿Cómo estás? ¿Cuándo te veré? ¿No puedo subir?

—No lo sé, ahora imposible.

Salvador se resistió, la necesitaba después de tantos días sin verla, desobedeció las órdenes de Carmina y subió, tocó el timbre y ella abrió la puerta aún con el riesgo de que Charo salga del baño:

—No, no puedo recibirte -le dijo Carmina al tiempo que le ponía la mano en la boca, para evitar que hablara.

—¡Schiss, siss! ¡No digas nada por favor! -le dijo muy bajito le indico con un gesto que estaba alguien dentro.

Salvador metió la mano en el bolsillo y le entregó un pequeño paquete envuelto en papel de regalo, ella intentó rechazarlo, pero él insistió a que lo cogiera.

—No, no, no ¡márchate! Ya estaremos en otro momento ¡Feliz Navidad! - Cerró la puerta-

En ese instante Charo salió del baño y le vio el envoltorio en la mano. Carmina disimulando lo guardó en el armario.

—Era un mensajero que me ha traído un paquete.
Paisaje de San Vicente de la  Barquera.
  




Continuará...

                     







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ª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905Entrega anterior


lunes, 4 de julio de 2022

ARRUGAS EN LA SABANA " Paseos y pintura " II entrega del 14º Cp.

         Paseos  
   Playa de Merón en San Vicente  de la Barquera. 
                                        
Sin darse cuenta anduvo durante tres Km hasta un lugar llamado Peña Negra. La marea comenzaba a subir y decidió regresar aligerando el paso. Había caminado bastante, su garganta se le secaba. Tenía la impresión de que los latidos de su corazón eran más fuertes y rápidos que de costumbre. Al llegar al paseo marítimo se sentó en un banco a descansar. Cerró los ojos y relajada, dejó que el sol le acariciara la cara. Abrió los ojos al oír las voces de unos muchachos que pasaban delante de ella bebiendo unas latas de Coca-cola. Sintió sed, fue a una cafetería a tomar un refresco. Después miró algunas tiendas y regresó a la casa.

Con el bello atardecer, el sol resplandecía desde el poniente y las sombras alargadas de los árboles dulcificaban el paisaje. Deslumbrada por el astro miró hacia la casa embellecida por la luz tamizada de las paredes. Hasta las piedras del muro cubiertas de musgo dorado por el sol y con la lluvia, el tiempo tenían un color especial. Junto al muro, las largas ramas de la higuera lanzando sus hojas recogían la sombra del ocaso del proyectándola al suelo.


Carmina aquella noche tenía el corazón oprimido y se sentía muy cansada y se fue a la cama temprano. A través de la abertura de la persiana se veía un trozo de firmamento, cuya sombría inmensidad brillaban febrilmente las estrellas de la noche de primeros de diciembre. Un profundo silencio envolvía al pueblo. Tan solo en la lejanía se oía el desvanecido ladrido de los perros y las olas del mar. Carmina pensó en su vida pasada como un sueño lejano. Recapituló paso a paso en su memoria el tiempo vivido con Joan, deteniéndose en cada día y meditando largamente.
Lanzó un fuerte suspiro, dio media vuelta sobre la cama y hundiendo su rostro en la almohada se quedó profundamente dormida.


Se levantó a media mañana. Cuando bajaba las escaleras notó un dulce aroma a café recién hecho que salía de la cocina, le recordó al olor del café que preparaba su madre. Saludó a la familia que la invitó a desayunar. Después salió de la casa con idea de emprender una ruta por los acantilados de la zona.


  Dique de la Barra San Vicente. 
  
Bajó por un sendero a mano izquierda, según le habían indicado en la casa. Después de recorrer un camino angosto se acercó a la costa. Atravesó un área de pequeñas rocas. Se asomó desde el borde de un acantilado y escuchó el tronante y majestuoso oleaje. Subió a una roca y contempló las olas golpeándose contra las rocas, en las que la erosión había propiciado una especie de cueva. Sacó unas fotografías. En el horizonte se veía un barco en dirección a San Vicente. A medida que se acercaba se divisaban a los pescadores realizando las tareas de plegar las redes. Rodeaban al barco desesperadas gaviotas graznando en círculos. Señalaban que el barco venía cargado de pescado. Carmina desde la roca los saludaba con gestos.

    Acantilados acuarela de Mª Carmen Píriz.
     
Después siguió la ruta bordeando los acantilados. El camino se desvió de la costa y se acercó a una cueva que vivía un híbrido de dragón y serpiente según la mitología Cántabra. Siguió el sendero y volvió otra vez a divisar otros acantilados desde los que cruzó una pradería donde la belleza del contraste del campo y el mar le extasiaba. Miró a lo lejos y se divisó una playa de arena blanquísima. Siguió la ruta y volvió por otro camino más alejado de la costa pero sin perder de vista el horizonte.

  Playa  de  Bedellín en Pellezo ( Cantabria )
      
Por la tarde fue a visitar Prellezo, otro pueblo cercano a San Vicente, donde Carmina con su familia habían pasado varios años de playa en ese hermoso lugar. Dejó el coche en un aparcamiento y bajó por un camino estrecho que conduce hasta la playa. No bajó hasta ella. Buscó un lugar en donde poder ponerse a pintar y sacó unas fotografías.

Se quedó recostada en una hermosa pradera sobre la hierba, disfrutaba del paisaje con colores de otoño y los contrastes del mar. La paz que sentía al oír piar los pájaros al atardecer. Se le quedaron grabados para siempre como un murmullo gregoriano. La naturaleza la dejó aletargada, por el bienestar. 

Cerró los ojos y se imaginó allí sentada con Salvador, los dos juntos. Lo echaba de menos aunque intentaba no pensar en él. Recreaba mentalmente la historia que estaba viviendo. Pensó en qué sería de ella con Salvador y le aterraba imaginárselo. Sintió unas sensaciones extrañas que nunca ha sabido explicar. Ignoraba la verdad de lo que le pasaba a Salvador y no había vuelto a pensar en ello, hasta que abrió la fuente de los recuerdos. Estuvo allí tumbada durante largo rato hasta quedarse fría. Ya hacía tiempo que el sol se había escondido y el firmamento empezaba a cubrirse de nubes. Del mar soplaba una fresca brisa del norte.

             Se va  a pintar

Playa de Bedellín  Prellezo un paisaje de ensueño.

Al día siguiente cuando se levantó miró por la ventana, hacía una preciosa mañana de otoño. La brisa era cálida, la luz propia del final del otoño pero un poco más apagada. Decidió pasar el día pintando. Cogió el coche y cuando se dirigía al lugar, el sol ya había salido. Su disco purpúreo se levantaba por encima del horizonte. Se desvió de la carretera general a una carretera comarcal estrecha en dirección a Prellezo. En el camino las sombras de los árboles le parecían más cortas. Bajó con el coche hasta el prado en el que estuvo ayer y abrió el caballete, colocó el lienzo sobre él y preparó todos los utensilios.

Comenzó a dibujar el paisaje y mientras una bandada de gaviotas se posaba en la orilla de la playa. Levantaron el vuelo todas a la vez atravesando los rayos de la luz solar. El sol bañaba en sus cuellos grises y las destellantes alas blancas relucían. Aquel alborear de otoño constituía una rica gama de colores que se reflejaban desde el azul del cielo hasta los colores ocres verdosos y rojizos de los prados hasta el mar y una sinfonía de gorjeos de las gaviotas mezcladas con el ruido de las olas al golpear las rocas formaban una sonora melodía. Carmina mezcló los colores en la paleta y fue plasmando lo que veía y pintando los trazos de colores en el lienzo.

      Pintado al óleo  al natural  por  Mª Carmen Píriz.


El tiempo pasó rápido. La tarde llegaba a su fin.  Carmina estaba casi terminando el cuadro cuando una ráfaga de viento hizo caer el caballete y el lienzo se cayó al suelo pegándose unas hojas y hierbas en la pintura. Lo recogió todo y volvió a casa. En la sala de la TV  comió un bocadillo que se hizo con un filete que le había sobrado del mediodía. Después salió al umbral del mirador, contemplando en silencio el patio, solamente iluminado por la luz de las estrellas. Una sensación se apoderó de ella de un modo claro y preciso. Pensó en Salvador y aa idea de separarse de él le atormentaba. Se fue a la cama.

 Desde lo alto de  Boria  en  Santillán.
                          
Eran las nueve de la mañana, y sin embargo, el sol no había asomado entre las nubes ni siquiera, un instante. El cielo aparecía cubierto por una pesada capa de niebla y el aire se llenó de una notable humedad. El viento arrastraba de vez en cuando alguna que otra hoja. Carmina había recibido para hoy la invitación de la hija de la casa a pasar un día de excursión por las montañas. Así que se dirigían en grupo en coche por una carretera angosta y con muchas curvas hasta Poncebo. Bajo las viseras de las rocas, todos los ojos escrutaban el inmenso paisaje que les ofrecía el desfiladero, sin embargo la niebla en el alto permanecía completamente inmóvil. Cuando llegaron a Poncebo se dirigieron a la cantina y tomaron el desayuno. Desde la ventana, Carmina observaba a cinco montañeros que cruzaban el pequeño riachuelo y comenzaban a subir el angosto camino lleno de piedras que conducía a Bulnes, hasta que los perdió de vista al alcanzar un recodo entre los peñascos.
 Camino de  la  Ruta  del Cares.
                
La niebla comenzó a desaparecer dejando paso a los claros donde la luz otoñal se llenaba de una luz amarillenta que les permitía observar el paisaje de las montañas que estaban ya nevadas. Carmina comentó al grupo que cuando estuvieron allí en verano los picos que estaban hoy cubiertos de nieve, tenían los colores plateados de las sombras y dorados del reflejo del sol. Después de desayunar siguieron el curso del Cares, río arriba En las laderas del río se notaba ya que el otoño dejaba paso al invierno. De los castaños caían los frutos maduros al suelo. Los árboles que rodeaban el cauce desprendían un aroma que Carmina respiraba con agitación mientras paseaba por debajo de sus frondosos ramajes.
    Caída de  agua  en la ruta del Cares.

Al cruzar el río por un viejo puente de hierro, Carmina se detuvo. Miró al sol y después descansó su mirada en la superficie del río. El agua formaba una balsa, era tan cristalina que la corriente en aquel punto del río le permitía ver en el fondo la arena y los guijarros entre las grandes piedras lisas. Tan sólo en el espejo que el agua formaba en un movimiento tan repetitivo en círculos saltó con fuerza un salmón.
Qué distinto era el recuerdo de niña, cuando atravesaba el puente de hierro por encima de la vía del tren y ella le gustaba refugiarse bajo un árbol que tenía su tronco hueco. En el hueco guardaba una caja con gusanos de seda. Y cada día llevaba unas hojas de morera para alimentarlos.

Un sendero sinuoso y estrecho entre viejos árboles de ramajes salvajes con rocas cubiertas de musgo conducía hacia la montaña. En un punto donde era preciso pasar con cierta precaución por lo estrecho de lugar, una cascada cristalina caía monótonamente desde un acantilado rocoso. Arriba, en la loma de la montaña se partía en dos, y la muralla corría abrupta hacia el valle. En la punta de una roca se erguía un árbol que al borde mismo del precipicio parecía que se iba a caer.

Cuando alcanzaron Cain el valle, el camino era más llano y cubierto de polvo blanco, que rodeado por una alambrada, separaba una campa donde cabalgaban unos caballos. Los crines de los hermosos animales; caballos pardos, salvajes de color castaño, brillaban como la seda a la luz del sol otoñal. Unos corrían a galope sin hacer ruido sobre la blanda pradera y otros cabizbajos con sus cuellos bellamente arqueados comían la hierba verdeante. Al pasar del camino angosto a la llanura del descampado, la vista paseaba tranquila en las rocas violáceas en contraste con las ocres. 
   Grandes  rocas  en el camino del Cares.

Desde el sendero, que cada vez era más ancho, comenzó a asomar a sus lados árboles que rodeaban unas cabañas que se separaban unas de otras formando un grupo. Se acercó Carmina a una de ella para sacar una fotografía.  El olor a heno cortado que salía por una ventana  flotaba en el aire, la regocijaba haciéndola olvidar por un momento el sabor a salitre que le hacía volver a los recuerdos de Salvador.

Carmina no dejaba en todo momento de sacar fotos al paisaje que reclamaban los pinceles de la pintora, con su salvaje belleza natural. Se dejaba empapar por la luz que la verde pradera emanaba en contraste con la negra selva de pinos que quedaban iluminados por los dorados rayos del sol y el resplandor de la nieve de las montañas.

          
                                                            Cabaña en la  ruta del Cares 


El aire frío de la montaña azotaba aquella pradera. El aire de las lejanas cimas nevadas invitaba a refugiarse. Ya en la primera hora de la tarde los estómagos vacíos les indicaban que tenían que parar para el refrigerio y la pitanza. Se refugiaron detrás de unas rocas al amparo del aire y descansaron dando cuenta de los bocadillos.

Después de descansar un rato volvieron el camino de retorno, bajaron a la orilla del río era menos sinuoso y era más espectacular todavía.

                                  
Al entrar en el patio de la casa Carmina se detuvo bajo la higuera. El patio estaba ya sumido en la oscuridad. En la cocina situada en la planta baja de la casa resplandecía la luz fluorescente de la lámpara. Miró desde el muro y se adivinó la marea alta a través de las luces del puente que se reflejaban en el agua.

Al entrar en casa se quitó las botas y subió las escaleras con ellas en la mano, las colocó en la repisa de la ventana. Tomó una ducha. Una nueva sensación se apoderó de ella de un modo claro. En todo el día había logrado no acordarse de Salvador. Se metió en la cama y se le ocurrió la idea de que poco a poco podría alejarse de Salvador y olvidarlo. Trató de dormir pero ese pensamiento le seguía llenando de inquietud. 
No lograría disminuir el cariño que le tenía, si no se alejaba de él. Salvador se alejará de ella, a causa del trabajo se tendría que ir a vivir a Donosti y la distancia logrará lo que el corazón no puede. Esta intuición femenina no le resultaría fácil, como quería convencerse a sí misma, sino que era a modo de reflejo que ocurría silenciosamente bajo su mente.



 Continuará...






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ª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905Entrega anterior