jueves, 28 de diciembre de 2017

Cuentos de mi madre o de los Arcos

Era una noche de invierno muy fría, en la que el viento gélido lo alborotaba todo. Cuando las ráfagas  de aire destruían sin piedad parte de los tejados, nació en una humilde casa una niña muy especial.

El trabajo del padre aportaba un sueldo tan escaso que las dificultades para sobrevivir eran máximas. No se sabe, si por la desconsideración de la naturaleza o la causa de las susodichas precariedades económicas, los pechos de su madre no le proporcionaban el alimento necesario, por lo que fue nutrida con leche de burra. Todos los vecinos de la calle  querían mucho a esa  niña, que crecía muy sana y bonita. 

En más de una ocasión que la madre se ausentaba para acudir a lavar la ropa al lavadero, la dejaba sola en casa. También ese día el viento soplaba con mucha fuerza. Pues bien, ocurrió que una mujer, que vivía en la casa de al lado. Se rumoreaba que debía de estar loca, comenzó a arrojar por una ventanita que daba al patio, el carbón que almacenaban para calentar la casa. La niña atónita, le recriminó.

— ¡Loca, no tires el carbón…! -La mujer sin cesar de echar el carbón, le replicó,

—Lo hago para que te calientes, para que no pases frío este invierno.

Ese mismo día, un indigente se presentó en la puerta de su casa, la niña le abrió y le preguntó con las reservas propias de la edad:

— ¿Qué desea Ud.?

El mendigo con un hilo de voz ronca le suplicó,

—Tengo mucho frío, hambre y sed, ¿podrías darme algo para comer?

La niña sin pensárselo más, le obsequió con un mendrugo de pan, un trozo de queso y un vaso de agua fresca, incluso, aprovecho el carbón diseminado por el patio para extender la ayuda al pobre hombre.

—Pasa buen hombre, encendamos una hoguera.

Al calor de la fogata, el mendigo le narró la siguiente historia:

Los animalitos en el  patio

En un cortijo muy cercano de aquí, vivía el guardián y capataz en una humilde casa con su mujer y sus cuatro hijos, dos varones que le ayudaban en las tarea del campo y dos hijas que acompañaban a su madre en las tareas de la casa.

La más joven de ellas María, todas las mañanas tenía la tarea de acercarse a un pozo, bastante alejado de la casa, para proveer de agua a la familia. Se montaba en su burrita, tarareando una melodía muy agradable. Al pasar por el patio del cortijo llamaba a su gato:

— ¡Sirocu!, acompáñame a recoger el agua. El gato nada más escuchar la invitación, le seguía con notables señales alegría que contagiaba al perro.

— ¡Kea ven! vamos a ir a por agua,- el can le seguía, moviendo la cola al son de la melodía de la niña.

Al cruzar por el gallinero, Kiriki el gallo, contagiado por la alegría de los paseantes, anunciaba a las gallinas, a los polluelos y a los pavos que les acompañaban al son de la melodía.

Al pasar cerca de la pocilga, el cerdito embelesado por la canción, se unía a la comitiva, hacía la continuada entonando la melodía sin descanso, poco a poco todos los animalitos de la granja le seguían.

Al lado del puente iba a por agua

Una mañana en la que al igual que todos los días, iba María a por agua seguida por toda la comitiva de animalitos, le ocurrió algo insólito, se le hizo tarde en su camino de regreso a casa.

Se entretuvo extrañada de que los animalitos se desviaron del camino. Algo extraño habían olfateado. Ocurrido que me encontraron a mí, exhausto, sin fuerzas para proseguir mi rumbo, la niña se me acercó:

— ¿Qué le sucede señor….?

Con un hilo de voz le supliqué que me diera un poco de agua. María me acercó a los labios su cantimplora. A continuación, hizo gala de una inexplicable fortaleza para una niña de su edad para encaramarme en su borrico y emprendió el camino hacia su casa.

Los padres de la niña me proporcionaron todos los cuidados y necesidades en esos momentos de presencia: cobijo, alimento y cariño. Cuando me hube recuperado, comencé a llorar de agradecimiento hacia esas humildes gentes.

La casa humilde donde vivían

La más gruesa de mis lágrimas resbaló desde mis mejillas hacia el suelo modestamente recubierto de madera carcomida. Entonces se produjo el prodigio, la carcomida madera se transformó en mármol policromado, más precioso que el de Carrara, las desvencijadas paredes se cubrieron de tapices bordados en hilo de oro, más regios que los de Damasco y las bombillas encendidas que prospectaban desde el techo una mortecina luz amarillenta fueron sustituidas por lámparas de araña y cristales de Roca que hubiesen provocado la envidia de la nobleza de Versalles. Mesas de cedro de Líbano, repletas de manjares opulentos sustituyeron a los escasos refrigerios que portaban en los manteles de plástico agujereados.

María, atónita y pálida debido a la emoción, buscaba con una diadema de oro en la frente al menesteroso halo encantado. Solamente reparó en el diminuto círculo de humedad que absorbía lentamente en una de las alfombras. Se trababa del último resto de la lágrima.

842 palabras.


  
Castillo de los Arcos
Este cuento lo escribí en honor a mi madre, ya enferma de Alzheimer, que en mis paseos con ella me contaba estas historias, que en el interior de su memoria, tenía de su recuerdo de niña. Solo los cuentos se pueden disfrazar para que la historia contada sea mágica. Cuando me  contaba sus historias, nunca supe el lugar exacto donde pasó mi madre su niñez, pero ella siempre me dijo que en tiempos de guerra y necesidad se refugiaron en un cortijo muy grande. Allí fue donde pasó la infancia más feliz de su vida. Con los años fui a descubrir dónde pasó mi madre  la niñez y era un castillo que  guarda en su interior vidas e historias como esta.

P.d. este cuento lo escribí para la revista de Feria de Olivenza.

Código de registro: 0910234740552

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