miércoles, 13 de enero de 2016

EL SOLSTICIO TEMPLARIO II

    
                                                                                       Olivenza  al  anochecer 




    Han aparcado el automóvil en Olivenza. Son las veintidós horas y quince minutos. Es martes y en los restaurantes, algunos llenos de gente cenando y otros , ya no sirven cenas. La incierta deambulación les ha conducido hasta una callejuela en la que el dueño de un bar bosteza repetidamente con la soledad de un programa de televisión sobre piragüismo. Examina con desconfianza a la pareja que le pregunta si pueden cenar.
         — A estas horas solamente les puedo servir ensalada mixta y tortilla francesa,- responde, cansino.
     Conscientes del recelo del dueño, que ha cambiado el canal deportivo por otro que desarrolla una trama policíaca, Jacinto y Azucena intercambian opiniones y comentarios, en voz suficientemente audible por el tabernero, acerca de aspectos intrancendentes de la universidad. Al poco rato, el propietario del local deja de mirarles de reojo y centra su atención en la película. 
   Acaban de cenar. El tomate estaba demasiado duro y la tortilla con exceso de aceite. Pagan y abandonan el bar. 
                                                                   Muñecas  de trapo a punto de ser  quemadas 

    Aún restan cuarenta y cinco minutos para la medianoche. Pasean bajo la noche estrellada por el Paseo Grande lleno de gente mirando las muñecas de trapo que estaban a punto de ser quemadas a media noche. En la lejanía les ofrece el majestuoso espectáculo de unos fuegos artificiales pero también el innecesario estruendo de unos cohetes con los que, en algún lugar, festejan la noche sanjuanera.


                                                         Quema de las muñecas y jolgorio

    A las doce menos cinco, mientras Jacinto simula fotografiar a su compañera en el atrio del templo, Azucena abre la puerta de la iglesia de Stª María del Castillo valiéndose de las dos llaves. Se han acercado a la losa de mármol de la sepultura templaría.

         —Azucena, ¿confías, como profetizó Von Eschenbach, en que algo vaya a salir de esta tumba esta noche?


    A pesar de la obstinación del catedrático, Azucena le obsequia, una vez más, con su sonrisa más candorosa.

        —Jacinto, estoy convencida, plenamente persuadida, de que algo prodigioso ha de suceder a no tardar.

Cuando la torre comienza a desgranar las pesadas campanadas, Azucena se ha transfigurado. Con la boca muy abierta, sus ojos fulgurosos se hunden en la tumba. Echa su cuerpo hacia atrás al tiempo que cubre la cara con los dos brazos. Al instante, comienza a girar el cuerpo como si acompañara con la visión algo que se moviera en círculo alrededor de ella.




                                                                       Tumba  templaria

  Jacinto exterioriza su sorpresa, confusión y temor con una progresiva lividez cadavérica en su rostro.
      -—¿Qué te ocurre…?, ¿qué es lo que estás viendo…?,- acierta a balbucear con trémula voz.

   La chica, que prosigue con sus giros corporales hacia un lado y otro del interior del templo, articula con dificultad,
        —la lanza…., la lanza…, está escrito…., grabado…, Ego, Longinus…, imperii romani…, cierra el puño ante sí como si aferrara algún objeto,- miles, hac lancea…

          —¡Sigue, continua…, no te detengas!…,- Jacinto toma notas con excitación en un bloc.

          —  Iudeorum regem necavit…,-! date prisa. Fotografíalo…!,- le urge Azucena.

        —Fotografiar…,¿qué? ¿Dónde…? ¡Yo no veo nada…!- Aún y todo, dispara la cámara fotográfica del móvil en todas las direcciones posibles.

  Al punto, Azucena permanece inmóvil un breve instante y, a continuación, se derrumba en uno de los bancos de madera. Jacinto, empapado de sudor le acaricia las mejillas y el cabello.

   Apenas han transcurrido un par de minutos, cuando la muchacha abre los ojos, se despereza y recorre con la mirada el interior de la iglesia.

      —¡Qué extraña esta sensación de bienestar, Jacinto!. ¡Qué paz interior! Y ¿la tumba? Ahí está…,intacta. No ha ocurrido nada extraño, ¿no es así, profesor?

  Jacinto, recuperándose todavía del intenso sobrecogimiento, efectúa una larga pausa para restablecer el ritmo respiratorio. A continuación le relata detalladamente todo lo ocurrido desde que comenzaron a sonar las campanadas de la medianoche. Le advierte que todo ha ocurrido en no más de cinco minutos.

       —¿Recuerdas siquiera el texto inscrito, según tu vacilante expresión, en la lanza del templario?

          —No sé de qué me hablas..
       —Yo, Longino, soldado del Imperio Romano, maté con esta lanza al Rey de los Judíos.

         —Si no te viera como…impresionado, aseguraría que estás bromeando.- ¿Por qué me embarga esta dicha?- se abraza a su compañero.

          —Pocos datos objetivos de la experiencia que has vivido vas a poder aportar en la defensa de tu tesis. Por cierto, tampoco recordarás tu exigencia de que fotografiara…qué sé yo qué…

         —Mira,- Jacinto le muestra su móvil.- no hay más fotos que las de las paredes y el techo de la iglesia.-
           -—Anda!, vamos a entregar las llaves.


 Aurora: Mª Carmen Piriz García derechos  reservados 


       ESTE RELATO LO ESCRIBÍ PARA LA REVISTA D E FERIA DE MI PUEBLO OLIVENZA 2012


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