miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL SOLSTICIO TEMPLARIO I


  Representación  templaria  imágenes de la red si el propietario quiere la retirará 

   

Jacinto, catedrático de Hª Medieval en una universidad extremeña, ha agotado casi todos sus argumentos para que Azucena abandone la pretensión de doctorarse con una tesis acerca de los Templarios. Le previene de la habilidad de un proyecto que o bien puede discurrir por cauces oficiales, suficientemente trillados por la historiografía, o bien profundizar en archivos esotéricos en cuyo caso se expone a la chanza de los miembros del tribunal.

Azucena, a pesar de las evidencias provenientes de otros campos del saber, la Ciencia mira hacia otro lado cuando ciertos postulados amenazan con socavar los contenidos religiosos o morales, firmemente asentados en la tradición cultural.

Jacinto se quita las gafas, impregna de vaho los cristales y dirige una mirada miope a su alumna mientras frota los cristales con un pañuelo.

La muchacha, recién licenciada, muestra la bien alineada blancura de sus dientes en una sonrisa pilla que rivaliza con la expresión de sus grandes y oscuros ojos.

—¿Acaso te crees que los investigadores omitimos la cuestión relativa de dónde procedieron las inmensas riquezas que, en un relativamente corto período de tiempo, trasformaron en auténticos magnates de la sociedad medieval a aquellos sencillos monjes-guerreros de Tierra Santa?


El despacho del profesor se ha impregnado del olor balsámico que la brisa del atardecer transporta desde los cercanos eucaliptos, mitigando el calor de la víspera de San Juan.

—¡Claro! no hay otra convincente explicación que la que nos proporcionan los textos esotéricos, esto es, los Templarios descubrieron en Jerusalén algo que inquietó, algo que atemorizó sobremanera a la iglesia…

— Azucena, sin abandonar la sonrisa, extiende su brazo hacia Jacinto invitándole a que concluya la revelación que acaba de dejar en suspenso.

— Habían hallado la tumba de Cristo, es decir, no había resucitado, - el profesor hizo una pausa recuerda el texto de San Pablo : Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.


La iglesia les colmó de honores y riquezas a cambio de su silencio.


—Sí, querido profesor, elaboraré y defenderé con tu ayuda mi tesis doctoral sobre los Templarios. La decisión es firme.



El catedrático se dirige a la ventana e inspira el aroma del verdor que preside el campus universitario. Conoce lo suficiente a Azucena como para temer su impulsividad y, a su vez, confiar en su inteligencia

—De acuerdo, te dirigiré la tesis. Mas aún, si todavía imaginas la posibilidad de que la lanza, enterrada junto al templario desconocido, sobrevuela esa iglesia de Olivenza a partir de las doce de la noche del veinticuatro de junio, en coincidencia con el solsticio de verano, como asegura el alquimista medieval von Eschenbach en este fragmento del Parzival.

Agita un pergamino amarillento ante el rostro de Azucena.

— te acompañaré a esa iglesia. No quiero perderme semejante prodigio aunque me cueste la cátedra, - apostilla con amarga ironía.



La chica, que no ha apagado su sonrisa ni un solo instante, le arrebata de las manos el documento con un gesto afectuoso en su semblante y, a continuación, le señala unos fragmentos que traduce del texto latino: El alma de fe henchida, a los ojos prestará profundidad debida. No ose el necio con su burla contemplar la buenaventura.

—¡Jacinto, cuando quieras! ,- agita en la mano dos llaves de diferentes tamaños.

—He logrado que me las prestarán hasta las doce y media de la noche, a condición de que se les restituya a esa hora a una persona amiga mía y emparentada con el sacristán. Cuando le he expuesto mi interés por fotografiar el interior de la iglesia, sirviéndome de la especial tonalidad que procura la noche de un solsticio de verano, para mis trabajos de la universidad, ha adoptado una expresión idéntica a la que hubiese configurado si le llego a confiar que voy ha viajar por la galaxia a bordo de un ovni.

Afortunadamente.


Bebe un trago de agua de un botellín que ha extraído de su bolso,- no me ha preguntado nada.


El coche de gran cilindrada, conducido por Jacinto, devora kilómetros en las llanuras recalentadas por el sol cuyo ocaso enciende las nubes con matiz púrpura por encima de las hileras de encinas que, a ambos lados de la carretera, se suceden a gran velocidad. Azucena ha encendido la radio desde la que una emisora pre-programada está ofreciendo la sinfonía nº 9 de Mahler. Poco familiarizada con la música clásica está tentada de pulsar otra tecla pero desiste al recordar la melomanía de Jacinto por los autores clásicos.


El viaje está a punto de finalizar. El trayecto de unos escasos cien kilómetros los han cubierto en una hora.

—¿Estás convencida de que a medianoche va a surgir de esa tumba la lanza del templario, como asevera Wolfram Von Eschenbach?

La respuesta firme y escueta de la alumna.

— ¡Sí, yo sí! - configuran el único diálogo que han mantenido a lo largo del trayecto.
     Castillo e iglesia  templaria de Olivenza pintado al óleo por Mª Carmen Píriz
                        
                          


Continuará.......


Publicar un comentario