viernes, 25 de marzo de 2016

ARRUGAS EN LA SABANA II " Se desmayó" 9º Cp.

                                                         SE DESMAYÓ

                                                 
                                                                                   Escaleras estudio de Carmina

    Salvador se levantó y decidió quería ver a Carmina. Ostentaba zapatos lustrosos y se peinaba apresuradamente. Salió deprisa de su casa. La mañana estaba oscura, ventosa y la lluvia caía copiosamente. Iba en mangas de camisa, recién planchada, las gotas de lluvia la mojaban.  Pasó antes por el despacho, llamó por teléfono a Carmina y supo que estaba en el estudio. Abrió el cajón de su mesa y cogió el sobre con el vídeo.

     La escalera se hallaba sumida en la oscuridad y una ráfaga de lluvia entraba por el cristal roto del rellano apagando las cerillas que Salvador prendía para orientarse. Pasó cerca de una pareja que se abrazaba en la oscuridad, y la risa suave de la muchacha le persiguió escaleras arriba cuando tropezó con un peldaño. Por fin llegó, jadeante, y agotado ante la puerta de la pintora. Pulsó el timbre con impaciencia. Al oír que se acercaba, soltó el botón. Carmina abrió la puerta, su oscura silueta se perfilaba contra la luz mortecina colocada muy arriba, en el techo del pasillo.
   Salvador entraba con el sobre en la mano,  se quedó detenido en el pasillo, permaneció totalmente inmóvil y luego se volvió paulatinamente hacia ella. Tenía los labios lívidos. Se llevó la mano al pecho y....

   —¡Salva, Dios mío! -exclamó, con voz que no parecía la suya-

   —¡Ay! ¡ Qué dolor! ¡No puedo respirar!

  En un instante cayó desplomado al suelo.

     Carmina le agarró, sosteniéndole por debajo de la espalda, mientras la cabeza caía sin apoyo. Cogió un cojín que se lo colocó debajo de la cabeza y rápidamente llamó a un Centro médico. Una ambulancia medicalizada llegó enseguida con un médico y una enfermera dándole los primeros auxilios. Salvador vino en sí, se quejaba de dolor en el brazo y opresión en el pecho. Le dieron una pastilla debajo de la lengua y le administraron oxígeno. El médico con su bata blanca permaneció un rato auscultando a Salvador, mientras la enfermera tomaba los datos, preguntando qué había pasado.
Decidieron trasladarle al hospital, tenía todos los síntomas de un  Infato.

       —¿Es usted su mujer? -le preguntó la enfermera-

        —¡No!, Soy una amiga, le daré el teléfono de su casa para poder avisar a su esposa.
  En el hospital volvieron a examinarle y le hicieron todas las pruebas necesarias. Mientras Carmina esperaba en la sala contigua en urgencias. El médico después de media hora salió y se limitó a afirmar que Salvador se encontraba bien, estabilizado y consciente.

   —¿Puedo verlo? -preguntó Carmina.

   —¡Sí! sólo un  rato  de momento no puede recibir visitas, pero él preguntó por Ud. espere un rato en la sala, enseguida pasará a verlo unos minutos.

    Carmina estuvo un cuarto de hora en la sala. Le llamó la enfermera:

       —Puede pasar a verlo. pero solo media  hora.

    Entró en boxes. cerrando la puerta tras sí. A un lado del lecho aparecía una luz amortiguada y en la penumbra de un rincón de la habitación la presencia de una enfermera sentada. Debajo de la sabana el cuerpo de Salvador parecía infantil y frágil sobre la cama. Tenía un resuello ronco e irregular. Si aspecto era patético. Tenía un máscara sujeta en la mejilla. Al entrar Carmina y colocarse cerca de él, Salvador agitó casi imperceptible los dedos de una mano en señal de saludo.
      
         —No debes preocuparte de nada, estás en buenas manos, te atienden los mejores médicos del hospital. Todo se arreglará.-Le susurró Carmina-

   Salvador emitió un sonido que Carmina tomó por una sonrisa. Se percibió como un crujido en el lugar donde estaba la enfermera, la media  hora pasó  rápido.

      —Señora debe de salir, no se puede fatigar el enfermo. -Le indicó la enfermera.

     —¡Un minuto! un minuto más, para despedirme por favor.

 Carmina le dio un beso de despedida en la mano. Y Salvador le suplicó:

        —¡No me dejes!

     —No, no te dejaré, vendré  a la tarde. Y ahora más vale que descanses.

   Él se agarró a la muñeca de la mano de ella, sus dedos ligeros se desplazaron hasta su mano.

       —Una cosita más, -insistió Salvador-

    —Siss... -dijo la enfermera desde el rincón y se levantó de su asiento: -Debe descansar, indicó al enfermo-

       —¿Has avisado a mi casa?

       —Si, ya han avisado.

    —¡Salvador!-ordenó la enfermera señalando a Camina con la cabeza que se marchara.

       —Tiene que dejar marchar a su amiga.

       —Y ahora tiene que estar tranquilo.

   Salvador volvió la cabeza en la almohada y Carmina abandonó la habitación.

  En la entrada del  hospital la pintora se cruzó con Charo. No se conocían personalmente, pero Carmina la reconoció por las fotografías que había visto de ella. Pasó sin decirle nada. Salió del hospital, cogió el autobús de línea y volvió a su estudio.

     Su esposa preguntó en recepción por Salvador. Y allí le indicaron la unidad en la que estaba. Todavía seguía en urgencias. Charo habló con el médico que le atendía y le puso al corriente de la situación.

     —¿Es usted su esposa?- preguntó el médico-

  —Si, ¿por favor me puede decir que le pasa a mi marido?

      —¡Bien señora! Su marido ha tenido una crisis de angustia, pensábamos que se trataba de un infarto al  corazón pero, las pruebas nos remiten a algo más leve, por ahora. Su marido ha sufrido un impacto que le ha llevado a este estado de ansiedad.

     —Si, ayer recibió la noticia de que han asesinado a un buen amigo en Albania. Y eso ha podido ser el detonante.

   —¿Quién lo trajo?,

   —Lo trajo una ambulancia medicalizada desde un domicilio donde dieron el aviso.
   
   —¿Puedo pasar a verlo?
   
   —Si, pase por favor.

    Charo pasó al Box. La enfermera seguía sentada en el rincón. Salvador estaba con los ojos cerrados y respiraba tranquilamente a través de la máscara de oxígeno. La enfermera musitó en voz baja a Charo que no hablaría que se acababa de dormir. Ella preguntó a la enfermera si se podía quedar ella a acompañarle. Esta le dijo que dado que estaba en observación tendría vigilancia las 24 horas siguientes. Le sugirió que se fuera a su casa y volviera por la tarde.

Carmina descendió del autobús. Arrugó el billete del bus y lo tiró.  Pensaba hacer algún recado. Consultó su reloj y se dio cuenta que era muy tarde. Habían pasado toda la mañana en el hospital pendiente de Salvador. Y se había  olvidado de la hora. Se moría de hambre, fue a su casa y preparó la comida. Con sus hijos procuró disimular  lo acontecido. Cuando llegó su esposo le refirió las noticias de los periódicos:

      —Carmina ¿has leído hoy el periódico? 

    —No, no me ha dado tiempo a leerlo, me fui temprano a mi estudio y hoy no he leído.

      —¿Ni has escuchado la radio?

     —No, no he oído la radio, puse música toda la mañana. -Carmina trataba de disimular-

    —En todos los periódicos dan la noticia de la muerte a tiros del periodista que conocimos el día de la inauguración en Donosti. El jefe del diario El Cultural.

   —¡Cómo dices! -trata de disimular- ¿Qué han matado al Sr. Argimiro?

     —¡Eso mismo!, Eso son las noticias del día.


   —Carmina, lo mataron ayer en Albania, en una emboscada, a él y a dos soldados españoles.



    Carmina a pesar de saberlo no tuvo tiempo de pensar en Argimiro sino en su amado que estaba en el hospital. 

             
                                     Pintado al óleo                  



 continuará....


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Mª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905


















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