domingo, 24 de julio de 2016

ARRUGAS EN LA SABANA " En casa de Carmina" IV entrega y final del 15º Cp.

                                        En casa de Carmina
                                                            Mesa de Navidad  

  Aquella noche de Nochebuena poco después de cenar y brindar en familia. Los hijos se marcharon a casa de unos amigos. Carmina y Joan se quedaron como de costumbre solos en la sobremesa:

¿Te gustó la película de la tarde?-Le preguntó Joan-

 No mucho, me pareció muy lenta y larga -le contestó Carmina- aquella tarde había ido con una s amigas al cine.

   Después se quedó mirando al vacío, la fijó en un punto determinado del mantel rojo, jugaba con las migas de pan derramadas en el mantel, como a veces se hacía cuando no pensaba en nada.

  Se levantó a recoger la mesa. Los recuerdos de la película iban pasando en su mente mezclados en su memoria con la cita que mantuvo con Charo, mientras dejaba los platos en el lavavajillas. También Joan estaba entretenido mirando el televisión. El silencio más profundo reinaba entre los dos, sólo era interrumpido por el ruido de los cubiertos y los platos.  Un poco más tarde, Joan se retiró al dormitorio, mientras Carmina recogía la cocina y puso el lavavajillas en marcha.
          Sonó el teléfono, no dejó que sonara la 2º llamada. Cogió el aparato con energía:

    — ¡Sí, dígame!

— ¡Hola, mi amor! ¿Qué tal estás? 

— Bien... estoy bien, pero... No puedo hablar ahora cielo -le dijo en una voz 

    apenas perceptible.  Están en casa y no puedo  hablar ahora-

    — ¡Quiero verte mañana! Necesito verte... -Le dijo-

    — No puedo... no puedo -le contestó Carmina y colgó   el teléfono-

Carmina se quedó de pie, cerca de la ventana mirando la calle. Caía una espesa nevada. La noche oscura, solo iluminada por la blancura de la nieve en la calle. La capa de nieve escondía todos los bancos del paseo. Apenas circulaban coches por la carretera, pasó uno y marcó la rodada de las ruedas, nevaba tan intensamente que se volvió a tapar la carretera. La ventisca pegaba en el cristal de la ventana pegándose en ella.

Carmina se sentó en la sala y se quedó pensativa. Hacía tiempo que mantenía esa maravillosa relación con Salvador y escrutaba el fondo de su corazón, para saber que sentía hacia su marido, le quería pero su corazón estaba desolado, vacío hacia Joan. Sólo la violenta y forzada concatenación de sus difíciles pensamientos y borrosas asociaciones de ideas le pasó aniquilando todo, pero sin encontrar el dato más insignificante que pudiera justificar su instintiva y primera sospecha que había brotado de su alma desde el primer instante. Sin embargo, cuando más profundizaba en aquella idea tanto más insegura le parecían ahora sus elucubraciones. Carmina se fue a la cama, con la mirada tímida y  triste:

    — Pero... ¿Qué te pasa esta noche Carmina? Le dijo Joan mirándole a los ojos, Carmina se apresuró a huir de aquella mirada como si aquello ojos oscuros, tan penetrantes le adivinaran sus pensamientos de infidelidad y pecado con la penetración de un hechizo.

   — He cenado mucho y tengo un poco dolor en el estómago -le contestó-  Dio dos bostezos y se dejó caer en la cama cansada. Entonces le pareció que en vano huiría antes esas dudas y en ese instante en el que Joan se le acercó y le hundió las manos en los muslos, la acarició, volvió a sentir el latido de su corazón en aquel momento. Algo le oprimió la garganta y hubiese querido gritar, como si sus nervios se debatiesen en las convulsiones de un sentimiento irreprimible. Cerró los ojos y apretó las manos sobre la sábana y se dejó llevar por ese instante mientras le temblaban todos sus miembros. Hicieron el amor lentamente, como nunca y se quedó tan extasiada como si le hubieran tocado los rayos del miedo, de la culpa consciente y del placer.
    

                                                                                Tarjeta de Navidad, niños en la  nieve


Carmina se levantó tarde, abrió la ventana de la cocina, a través de la ventana entraba el aire gélido. En el parque de enfrente unos niños jugaban con patines sobre el suelo helado. La blanca mañana de Navidad se llenaba con los gritos infantiles. Fue al cuarto de sus hijos y estuvo observándolos desde la puerta, dormían. Cerró la habitación y regresó a la cocina. Mientras vaciaba el lavavajillas, sus reflexiones giraban siempre en torno al mismo asunto. Lo que más temía, era al remordimiento que le torturaba el alma. Hubo un instante en los que la voz de la conciencia torturaba su alma con insoportables congojas. No obstante, cayó al mismo tiempo en el extremo opuesto y se sumergió con deleite enloquecedor en el amor por Salvador. Musitaba:

    — Les contaré, les diré que me he enamorado de otro hombre que no es su padre, pensaba como tantas veces. Fue al cuarto de sus hijos, los observó, dormían plácidamente. A la vez temía la negativa de su razón.

  — ¡Hay Dios mío! ¿Qué puedo hacer? -se preguntó, soltando un gran suspiro-

Se acercó a sus hijos y les tapó con la manta los brazos desnudos.

  — ¿Qué derecho tengo yo a darles ese disgusto? Ahora que tenemos una vida tranquila y ordenada. 

Mientras estaba plantada ante la cama admirando la dulzura que rebosaban mientras dormían, el pequeño se despertó y le dijo:

 ¡Buenos días mamá! ¿Qué haces aquí?

Vine a veros y a taparte para que no te enfríes.

¿Qué tiempo hace hoy? ¿Sigue nevando?
— No, no nieva pero hay una gran helada, he mirado por la ventana y hay un manto blanco de nieve heladora. Las aceras están resbaladizas, no anda nadie, sólo unos niños que juegan en el paseo con sus patines nuevos que les ha traído el Olantzero.

— ¡A propósito! ¿No habéis abierto anoche vuestros regalos?

— ¡No, ama! Vinimos tarde y con mucho frío, preferimos dejarlos para abrirlos todos juntos por la mañana. Y ahora mamá déjame dormir un poco más.

   Carmina se acordó del regalo de su amado y decidió ir a buscarlo lo tenía en el  bolso. Abrió el paquete, lo desenvolvió, cogió el colgante y lo sostuvo entre las manos manteniendo la idea en no aceptarlo. Pero se lo colgó al cuello y se miró al espejo:

  —Sí, me gusta, me lo llevaré puesto, diré en casa que me lo compré en el viaje.

   Las fiestas de Navidad las pasaron tranquilas en familia. Carmina pensó durante la larga semana antes de Reyes qué podría regalarle a Salvador y por fin sus dudas quedaron desvanecidas con un mechero grabado con la marca de su equipo favorito que vio en un escaparate.
                         
                                                      Mechero



Continuará.....




 Imagines recogidas de internet si su autor, las  retiraré de inmediato

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ª  Carmen Píriz García - registro: 0910304797905Entrega anterior

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