Con el paso del tiempo, llegaron eras de sequías que
duraron años seguidos. Los campesinos se arruinaron en el campo. Al no poder
recolectar cosechas y no ganar lo suficiente para el sustento de sus casas, las
tierras fueron abandonadas. Los hombres emigraron a otros lugares de Europa a
buscar trabajo para poder mantener a sus familias.
Una tarde de setiembre en la que la temperatura era
soportable fuimos hacia la carretera que conduce a un lugar de fábula. Nos
desviamos por un camino de tierra, buscando un cortijo cuando, a lo lejos,
divisamos un castillo. Hacía tiempo que me habían contado un cuento y quizá éste
fuera el lugar. Al acercarnos, vimos una puerta con una verja roñosa y
destartalada. Parecía un recinto deshabitado. Nos asomamos a su interior y en
el patio del cortijo, vimos varios perros poco cuidados, unos patos, gallinas y
unos pavos que picoteaban en el suelo. El lugar estaba muy sucio. Sentimos pena
por esos animales solitarios y encerrados.
De repente, uno de los perros se dirigió a nosotros:
—Abrirnos la puerta que no
estamos conformes con estar aquí encerrados— Se quejó de su miserable existencia.
Nos contó el animal que su vida ya no era la soñada, que en tiempos de sus
abuelos, los animales de allí tuvieron mejor vida. En el castillo vivía mucha gente, amos
y criados, tenían mucha alegría y opulencia en este lugar.
Pero llegaron otros tiempos y el lugar quedó
abandonado Después de la muerte de sus dueños, los herederos dejaron de vivir
en el campo y las tierras fueron descuidadas. Incluso los que vivían en el
castillo dejaron de interesarse por el campo.
—¿Y ahora quién se hace
cargo de esto?— pregunté.
—Viene un hombre cada tarde a traernos comida y agua. Pero no salimos de este
patio y estamos aquí siempre aburridos.
—Ya ni nos crían para ser
vendidos en Navidad— dijo el pavo.
Una de las gallinas que estaba en un rincón leyendo
“Revolución en la granja” de George Orwell comentó:
—Vamos a hacer lo que hicieron en esta granja, una
revolución y si metemos ruido, nos van a escuchar.
Los patitos picoteaban sin parar y al escuchar a la
gallina, asistieron con su cabeza y dieron saltos de alegría gritando, cua...
cua... cuaaaaa.
Entonces les dije —Es muy buena idea, nosotros vamos a
ayudaros a salir de aquí. Cuando venga ese hombre le conminaremos a que os deje
salir y vosotros aprovechad la ocasión para escapar.
Al poco, llegó el hombre y le preguntamos:
—¿Es usted quien les da de comer a
estos animales?
—¡Sí! ¡Pero esto es un desastre! Nadie, ni los dueños, vienen a dar de comer a
estos pobres animales. Si no fuese por mí, hace ya tiempo, hubiesen
desaparecido. La vida en el campo ya no es lo que era. Los nuevos dueños de
este lugar viven en Madrid. Arrendaron las tierras a varios campesinos. El
trabajo se hace con máquinas y ya no se utilizan animales. Antes aquí se vivía
del campo y con el trabajo que éste producía muchas familias lograban el
sustento. Los dueños del castillo tenían muchas criadas y se hacían
muchas fiestas. Había mucha vida, muchos animales: caballos, burros, cabras,
ovejas, toros, vacas, gatos... y de todos se sacaban beneficios. Hoy solo
quedan estos perros, estos dos pavos, estos patos y unas pocas gallinas que
están aquí solitarios y tristes.
—¡Qué pena! que se haya ido
la gente del lugar.
—Mi abuelo Kea me contó que en otros tiempos eran muy felices. Todos los
animales estaban muy alegres— rememoró uno de los perros —Salían del castillo a
pasear todas las tardes con una niña que iba a por agua, montada en una burra y
todos los animales iban tras ella cantando.
—¡Pero hombre! estos
animales quieren vivir en libertad y ellos no desean vivir aquí, siempre
encerrados— le espeté —Con que podría abrirles la puerta para que salgan a
pasear campo a través de vez en cuando.
—Pero ellos están acostumbrados a
vivir así y vuelven por las noches a la casa ¡Son cómodos! Mientras les traiga
su bebida y comida…
—se lamentó el hombre.
—Ya pero ellos preferirían otro
modo de existencia, más dinámico pues no hacen sino quejarse de aburrimiento—
intenté disuadirle...
—¡Bah, que se vayan! De ese modo,
no me veré obligado a venir a echarles de comer. Entonces veremos cómo se las
arreglan.
Los animalitos salieron y se fueron todos juntos hasta
el borde de un riachuelo donde, había una encina muy grande. Debajo se refugiaron
y pasaron la noche. De día, correteaban por el campo y cuando tenían calor
buscaban la sombra de la encina.
—¡Vamos chicos a ver quién corre
más! Vamos al río a bañarnos y, a lo mejor, hasta pescamos algún cangrejo— dijo
el perro.
Cuando al mediodía apretó el calor, juntos volvieron a la
vieja encina. Ya no estaban solos, una piara de cerdos ibéricos comían bellotas
plácidamente. El mayor de los gorrinos les dijo:
—La encina es muy grande y cabemos todos, pero tengo
que poner varias normas.
—¿Qué normas?—Preguntó el perro con curiosidad.
—Tenéis que respetar el espacio y la hora del descanso. Y no
hacer ruido...
Y cuentan las crónicas que, de esta manera, vivieron
muy contentos y felices. En libertad. Ah, y, como en todos los cuentos,
comieron perdices.
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